Jamás ni una sola buena crítica le alentó en su labor de seguir escribiendo para mantener la consistencia del mundo.
En vísperas de disolverse y desaparecer no puede una sociedad levantar patíbulos ni picotas. El último de los crímenes, de esta forma, no quedará sino impune.
El primer gran predador de los océanos veía muy bien. Tenía ojos con decenas de miles de lentes.
En mitad de cada noche ella se levanta de la cama para mirar por la ventana del salón mientras su marido duerme. Desde allí puede ver a los vecinos del edificio de enfrente follando como locos.
Entonces advirtió que estaba en cuatro patas. Permaneció un tiempo así, quizá meditando, quizá no. Quien sabe, es posible que la señora Xavier estuviera cansada de ser un ente humano. Era una perra de cuatro patas. Sin ninguna nobleza. Perdida la altivez última. En cuatro patas, un poco pensativa, tal vez.
Empecé a escribir una historia. Al poco tiempo me percaté de que ya había vivido este momento horas, días o años antes. Decidí dejarlo. La historia, pensé, ya está escrita.